UN VIAJE A PARÍS (I)


¡Nuestro primer viaje de trabajo!

Antes de embarcar, me prometí vivir la experiencia con los cinco sentidos.

Me bajo del vuelo mareada. Todo me da vueltas. Parece que una nausea constante se ha apropiado de mi cuerpo y me desestabiliza.

Mientras mamá espera a que salgan nuestras maletas, me llama la atención una mujer. Tendrá unos cincuenta años, es de estatura baja y lleva un chaleco extra largo que le cubre del frío. Va ligera de equipaje, seguramente irá a algún lugar donde tiene ropa de "por si acaso". Vendrá a ver a alguien conocido, muy conocido.

Veo que mamá se pone en la otra punta de la cinta mecánica. Está erguida y llama la atención. Lo sé porque lo he visto. ¿Será por su largo abrigo camel? ¿Quizás por la pashmina? Yo creo que es una cuestión de allure, ese je ne sais pas que la hace tan diferente y única.

Veo que está hablando sola y en su diálogo interno parece enfadada.

Me río. Me pilla. Se ríe.

Nos fundimos en un ataque de risa tan sonoro que se me pasan los mareos y mil males de altura.

Salgo a fumar. Pido fuego a un chico joven y me sorprende su vitíligo a la hora de prenderme el cigarrillo. Es bonito.

Hace frío en París, pero es de ese que agradeces. Huele rico, a pesar de estar rodeada de humos.

A mi regreso, veo como una chica se funde en un abrazo con su familia. Entonces resuena en mi cabeza ese fragmento de la canción de Vetusta Morla: "(...) aeropuertos unos vienen, otros se van (..)" y reflexiono sobre la emoción contenida y el amor.

Aprovecho para comprar el ejemplar de este mes de Vogue París, en un intento por tratar de coleccionar todos los números de los países que recorra.

El taxista nos deja en el hotel. Subimos a la habitación, que se encuentra en la azotea. Es acogedora y huele a ropa recién estrenada.

Lo primero que hago es asomarme a la ventana para contemplar las vistas. Me flipan las ventanas parisinas, son decadentes, de madera, con pomos antiguos y chirrían cuando las abres. Me recuerdan a esos ascensores que siguen custodiando algunos edificios de Madrid.

Me llama la atención el jolgorio del exterior. Nuestro hotel da a un patio de colegio. Sonrío. Si viviera aquí, podría acostumbrarme al ruido de los niños gritando y jugando al escondite.

Antes de explorar la ciudad, paramos a comer una rica tortilla francesa acompañada de un vino tinto casero. Fuera empieza a llover y tengo la sensación de estar en casa.

Terminamos, borrachas de risas y planes por hacer y ponemos rumbo a Montmartre.

Libertys, algodones, sedas de colores, bordados y encajes decoran cada esquina de este barrio.

Me gusta esta ciudad.

El cutis de las parisinas. Su pelo enredado por el viento de la capital.

Su acento, sus tiendas de vinos y quesos... y sus cafeterías.

 

 


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